sábado, 10 de noviembre de 2012

Bali. Berbahagia


11 Nov 2012 Canggu, Pantai Berawa. Regresando de Batur. No puedo creer que sea 11…

Regreso hace menos de 10 minutos del volcán y lago Batur. Mareada, con unas inmensas ganas de mear, hambre y el cuerpo mojado como el agua que desee todo el camino. Después de 3horas sin alto de carretera. Después de tres horas de contarles en mi cabeza sobre este lugar, sobre mi alegría y el verde. Regreso a abrir la computadora para escribir. Muevo los dedos vertiginosamente porque temo olvidar, pero más que nada, porque temo que no entiendan. Aun así mis dedos no huelen a campo ni están teñidos de violeta como el atardecer. Llevo días, meses (no puedo creer que sea 11)… pensando en como comunicarles Bali. Videos, fotos, narrativas, llamadas. No lo se. No lo se y me duele saber que ustedes tampoco lo sabrán. Pero desde aquí, desde mi terraza escribo lo que puedo. Lo que se como poner en palabras. Hasta el sudor que recorre mi espalda desnuda y nuestro perro adoptado que duerme a mis pies. Mi casa pueden imaginarla como quieran que igual es bella. Cuando la vayan irguiendo en su mente pónganle paredes blancas y ventanas negras de madera. Un pequeño templo afuera que ahora esta derrumbado. Un templo caído como irresponsabilidad máxima de “los polacos”. Esos cuatro amigos risueños y apestosos que albergamos en la casa una semana. Un templo que ahora llama a ceremonias y ofrendas diarias. Mi casa está siempre abierta. Los ventiladores zumban como los mosquitos de noche antes de que se los coman los geckos y “guenda” el gigante animal-misterio que vive en nuestro techo y por las noches hace pensar en fantasmas y dioses . Hace calor. Panas sekali. Un calor que nos obliga a pegarnos a las sillas y a cualquier objeto sobre el cual recarguemos o posemos nuestro cuerpo. Un calor ser que te posee por completo, inutilizándote, enamorándote y probablemente no me deje olvidarlo jamás. Tomo café… sin colar. Un café negro y amargo que te pasa por la garganta como arena fina. Comeré nasi campur (arroz mixto)… Un bufete de sabores de los cuales eliges lo que quieras (hoy incluye tempe, coco frito, arroza blanco, fruta hervida, verdura con chile y tofu) y lo llevas a casa o lo comer ahí por 7,000 rupias. 70c de dólar. Cuando hablas indonesio es más barato. Cuando te reconocen en el lugar, es más rico. La playa a 1 km es gris y violenta, el mar baila con la gente diminuto color chocolate a sus orillas. Yo la extraño cuando estoy apenas partiendo después de horas tumbada a sus orillas.

Las carreteras aun me espantan… sus curvas pronunciadas de montaña me recuerdan la caída y el cuerpo se me tensa tanto que recuerdo rocas. 120kmen dos nuevos días.  Cuando vas por la montaña las curvas son pronunciadas y como por asalto, la carretera se mina de agujeros y grava que hace bailar a la moto en todas direcciones. Pienso en el miedo que es blanco como la nieve que no hay. En el silencio de la caída y en los segundos que a diferencia de todo pronostico, no se piensa en nada. Entonces los veo a ellos. Familias de cuatro bajando a mi lado mientras uno de ellos contesta un mensaje por el celular y la madre sostiene a un bebe medio apretujado en el medio. Mi miedo ríe. Ríe de mí, de mis hábitos y mi extranjería con estas tierras que cada día quiero más. Después de la montaña están los lagos y el volcán que subí hoy a las cuatro de la mañana entre cólicos y mareos. Desde donde vi salir el sol de Bali con sus cielos naranjas y su lago al centro de una tierra minada por lava y piedras que no asemeja en nada a la isla que hace meses hábito. De nuevo abajo, logré deshacerme por fin de mis tenis que hace dos años aprietan los diez dedos de mis pies cada vez que los calzo. Pero lindos ellos. Siempre creí que cederían. El sol salió entre nubes y montañas. Recorrimos sus cráteres, sus cimas y sus resbaladillas de arena volcánica entre dos pendientes de piedra y camino directo al desastre. Mil setecientos diecisiete metros de altura. Después de la montaña están los pueblos salpicados por templos. Las calles te cierran el paso como religiosas, con sus letreros brillantes “hati-hati ada upacara” con cuidado que hay ceremonia; cinco, seis veces al día. Bajo la velocidad y paseo junto a viejillas arrugadas y curtidas como frutos. Niños-señores de blanco y pareo, que cargan canastas con ofrendas y caminan rumbo al templo. La gente en Bali no tiene dinero porque tiene ceremonias. La gente en Bali aún recuerda que le debemos todo a la tierra, al volcán y a los árboles, a quienes agradecen y respetan. Recuerdan que vivimos en comunidad, que no hay tiempo que no pueda esperar. Saben que es mejor un momento de risa en compañía que el salarió entero de una jornada.

Bajo de la montaña y llego a las calles ríos de Denpasar. El tráfico me golpea así como el sudor frío en la espalda. Esquivo coches y camiones, esquivo motos al son de alguna canción que ya me tiene cansada de mi celular. Encuentro poco a poco el rumbo a casa. A veces olvido que manejo una moto hasta que volteo a ver mi cuerpo tan desprotegido sentado en ese pequeño asiento-chiste. Cuerpo mitad piel mitad metal colorido que nada entre bandadas de peces ruidosos entre ríos de arena y asfalto. Nos comunicamos a gritos, con bocinazos que asemejan alaridos de terror. Cada quien en su propia prisa. Cada uno en un Bali distinto que no es el mío. Mi Bali nada conmigo, sobre mi moto, entre los pliegues de mi barriga. Acelero para pasar la ciudad y sus lluvias de polvo que me bañan la cara. Cara hollín que descubro siempre asquerosamente negra al volver a casa. Como un suspiro, encuentro de nuevo el verde. Los campos de arroz que no han sido cortados. Mi ropa colgada afuera de la lavandería de Ketut en la esquina. Llego a casa. Esta casa sauna que me llora por las tardes de alegría.

Me gustaría poder contarles el olor del mar y el sabor del arroz frito que como a diario. Contarles, explicarles, como cada día me siento un centímetro menos extranjera. Menos Bule. Contarles lo empinado de las calles y el calor de mi cuerpo. Hablarles de ellos. De está gente que hacen de una isla cualquiera, uno de los lugares más bellos sobre la tierra. Adopto palabras e invento unas cuantas otras. Quizá si pudiera contárselos en indonesio. Quizá así, leyéndome como sueno cuando río con las señoras del mercado que quieren casarme con sus nietos; puedan entonces saborear el Gado-Gado que prepara Ayu y sentir la sal aglutinándose en los vellos de sus brazos. Quizá si escuchan de ellos el Gayatri mantra, que  yo ya cantaba en México como sabiendo que llegando a aquí lo reconocería en todos lados y me recordaría casa, quizá entonces entiendan las flores y las pequeñas ofrendas hechas con palma, llenas de comida y detalles que inundan las calles y los mercados. Las montañas y las carreteras. Quizá si les digo a gritos “aku bahagia, berbahagia disini” entonces entiendan. Quizá lo entiendan todo, porque aquí se invento una palabra para decir que uno es más que feliz. Que eres feliz de corazón. Feliz del alma.

Aku berbahagia disini. Senang untuk hati aku.
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JULIÁN

      Tirado en el sillón de está casa, en la cual parece que flotamos en lugar de dormir y nadamos a cambio de no caminar. Tirada junto a ti, Julián. En nuestro sillón morado en el cual nos aglutinamos pegajosos por el sudor a pesar de tener cuatro habitaciones más en las cuales posar nuestros cuerpos. Pienso en el futuro que aún no es nuestro y me veo desde aquí. Allá. Me encuentro sentada, aburrida pensando en el sillón morado en el que me tiraba contigo a pasar las tardes húmedas en Brawa. Estas tardes sauna que ahora son tan nuestras como la piel que se confunde y el agua que nos recorre cayendo lentamente sobre el suelo y sobre nuestros propios cuerpos. Estoy mayor y aburrida a la sobra de algún árbol. Probablemente sola. Sentado en alguna cocina mugrienta en donde el cochambre me recuerda la sensación de mi cuerpo ahora. Contigo. Y desde ese futuro que no es, pienso en este presente que me recorre todo el cuerpo, solo para comenzar a irse. Recuerdo nuestros cuerpos jóvenes tostados por el exceso de sol. Recuerdo la casa, cada esquina. El patio salpicado por flores de ofrenda y el incesante murmullo de los ventiladores, que como abejorros gigantes inundan la casa secando por momentos partes distintas de nosotros. Recuerdo perfectamente el blanco y el morado. Tu risa y nuestra complicidad. Toco mi piel y de nuevo es tersa, con granos de arena escondidos entre los pliegues. Volteo y me sonríes diciéndome alguna frase en ese indonesio que siempre amamos tanto pero nunca aprendimos bien. Cierro los ojos con furia. Puedo desde mi futuro lineal saborear mi presente. Mi presente fugaz. Mi presente instante de pieles y agua. Aprovecho la risa del recuerdo para transportarme en el tiempo. Y me veo de nuevo. Escribo estas líneas que leeré cuando vuelva adelante. E intentare nadar en línea otra vez hacia esta casa y hacia ti, y no podré más que desde mi cocina herrumbrada. Ahora soy ambos, ahora conozco los dos y el viaje en el tiempo se ha vuelto una realidad. Vivo un presente que añorare seguro. Pero lo vivo sabiendo desde donde lo recordare y lo vivo doble. Doble porque lo viví y porque lo revivo a cada instante. Cada beso de sal. Cada gota que empapa mi ropa con pequeñas manchas de humedad. Huelo a dulce, puesto al sol. Olfateo mis ante codos y mis brazos. Pegando mi nariz a los rincones que alcanzo de mi cuerpo. Huelo esta casa abejorro. Este hogar arrocero.

      Y tú, ya te me mueres. Te me mueres, Julián. Te me mueres como moriré yo muy pronto. Te mueres y dejo de ti todo en el olvido. Porque la muerte es como un animal voraz cubierto de espanto. Un animal hambriento que te devora hasta las cejas que nunca te sirvieron de nada. Mas que para mi risa. Hasta tu pierna mala y tus ojos encataratados que no te dejan ni verme llorar tu muerte. Te me mueres Julián, aquí al ladito. Como si en lugar de morir estuviésemos tomando. Cómo si jugásemos a las cartas y hoy lo hubiéramos ya dicho todo. Callados. Yo lloro y me prendo de tu camisa rasgada que huele a la podredumbre de la única muerte que conozco. La mía, que ahí viene despacio por el camino de piedras. Porque la maldita se te adelanta. Porque la veo hace días rondar fuera de tu casa cuando en las mañanas te llevo los cigarros y los cuentos. Sé que prometí cuidarte a tu perico, pero te prometo que morirá de hambre. Porque me voy detrás de ti. Te busco en donde hace años perdí las palabras. Buscándote entre todos los campos que nunca pisamos y en cada cantina en la que buscamos pleito al estar aburridos. O mujeres, o ambas. Te me mueres como se murió el perro de la vecina. Solo, conmigo. Callado. Como por elección propia. Se fue quedando tieso después de una buena llorada. Pero tú no lloras. Julián. Y yo aquí, que te veo que vienes y vas como indeciso. Quisiera poder sobarte el dolor de tus huesos la noche entera. Quisiera poder quitarte el miedo que no tienes. Ese miedo que te cristaliza los ojos cuando doy la vuelta a la esquina. Abrazarte entre tu olor a partido y medicina. Qué amargo es el olor de la medicina Julián. Desde que nos sentamos en las tardes junto a tus frascos y agujas no puedo dormir en las noches sintiendo que la muerte me ronda. Hueles como las flores que reconocí por primera vez en el entierro de mi abuela. Las flores que para siempre han sido todas. Me jodieron el romanticismo de cortarlas, de recibirlas y sobretodo de agacharme ridículamente a olerlas. Te me mueres de a poco, como el pequeño pájaro que tan solo ayer se estrello contra el cristal. Me senté a verlo en la acera creo que casi tres horas. Se movía quedito, primero entre ansiedades y sueños futuros. Pero pronto adopto tu calma amigo, y casi podría haber dicho que el parecido fue esplendido. Te volviste pájaro y el pájaro entendió tu dolor y la ausencia de tu miedo. Por un instante tú volabas cielo arriba, y aquel pequeño animalito decidió hacer un alto en las convulsiones para descansar sereno en el asfalto. Vi como se quedaba dormido, mientras tu. Tan tranquilo y risueño surcabas los cielos de Berawa sobre mi cabeza cana y despeinada. Anda, tomémonos esta última botella que al final el dolor es el mismo. Lo compartimos, lo prometo. Cuando te llegue el espanto, me voy. Me largo y te dejo con tu lora esa que parece perico. Julián. Vamos anda, tomate otro trago. Yo te tomo de tu mano pegajosa por la humedad de la tarde. Tu mano huesuda y sucia. Escarchada por migajas de esas golosinas que paseas entre los espacios que abandonaron tus dientes, el día entero.  Tu mano; un saco lleno de huesos de pollo. Como el saco en el que pronto descansaran los tuyos, frágiles y flacos. Y yo viendo morir a tu perico. Y él viéndome morir a mí. Cada cual desde su jaula. Me miras risueño desde los campos de azaleas que alguna vez tuvo mi madre. A quien Julián, debo confesarte. Ya no recuerdo. Te lo digo llorando. Ya no la recuerdo. ¿Qué no nos ha robado el tiempo, si se llevo la cara de mi madre? Recuerdo sus anchas cadenas y la falda gris que andoneaba en el viento que traía la sal del mar de otrora. Su voz amarga y su risa amarillenta por el tabaco. Y cuando ríes, de pronto pienso en ella. Entonces me lleno de ternura y tú dejas de entender lo que nunca entendiste. Te sirvo otra copa, te tomo la mano y te miro los ojos turbios. Tus ojos que ahora pueblan mares y ríos. Que hace meses confían en que soy el mismo solo por el sonido de mi voz, la necedad de mis historias y mis lágrimas que surgen lentas y constantes como las viejas que salen de la iglesia a todas horas. Es el recuerdo que llora Julián. Son las historias olvidadas y todo aquello que a pesar de que perdí, siento que me han robado. Es tu pierna mala que te obliga a arrastrarte hasta mi zaguán, y mi hígado podrido que me retuerce en las noches solas. Las malditas oscuras que llegan siempre de golpe y tardan en irse tanto como tu.

      Espera, que aún no he terminado de llorar. Cuando descubrí el mar por primera vez a mis ocho años, mucho antes de conocerte, corrí frenéticamente hacía el y me hundí en su agua alegre. No recuerdo bien si fueron días o meses, pero viví en el mar y llene de su agua todas mis entrañas. Probé su agua y decidí que quería beberla hasta ser un hombre de sal. Un hombre pez. Después de meses obstinado en crecerme escamas cuatro brazos anchos y peludos me arrastraron fuera de sus orillas y mi madre lloraba en un banco. Yo no entendí bien que pasaba, pero nunca más me llevaron a sus orillas. Cuando pienso en el mar y me desnudo de prisa frente al espejo buscándome las branquias que ya no encuentro. Me viene una angustia y un deseo enorme de cubrirme todo de agua de sal, y lleno cubetas y cubetas en la cocina. Meto mis pies y mis manos y a veces mi cabeza completa. Despierto tendido en el piso sucio y húmedo de mi casa, y voy a buscarte. Julián vamos al mar. Te llevo conmigo y entonces nos volvemos peces. Te prometo que solo es cuestión de sumergirse el tiempo necesario. Después todo surge y toma forma por si mismo. Las branquias se desarrollan y la piel se cubre de pequeñas escamas arcoíris que nos cubren poco a poco. Así, dejas de volar sobre mi cabello cenizo para hundirte conmigo y jugar a que bailamos entre erizos de mar y anguilas  pardas. Con la panza siempre llena. Ya no hay hambre ni miedo. En el mar los recuerdos se agüitan y entonces se puede nadar, como nado yo en las cataratas de tus ojos. Espera Julián, No te eleves así tanto por encima que no vas a poder escucharme. Vamos a nadar mejor al mar. No me dejes aquí solo con tu perico que no soporto. Espera Julián, no te mueras. Dame un minuto que hago la maleta y nos vamos. Ya puedo oler la sal que se mezcla con las margas medicinas. Espera, que me quite los zapatos. Anda, Julián, abre los ojos, que de menos nadamos entre tus ríos y mis lágrimas un par de días.



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Extraño explicar esta emoción... este gustorgullosusto

http://colectivomachincuepa.blogspot.com/2012/11/ganadores-del-primer-concurso-al-fin.html?spref=fb

sábado, 20 de octubre de 2012

Pies de mar.

Mawun, Kuta, Lombok, Indonesia. 10:07pm 15 octubre 2012

Me pregunto en cuantos sitios no he escrito. Desde cuantos rincones atiborrados de polvo. Barrancas de espanto. De cuantos sitios extraños, calurosos como el miedo. Fríos, paralizantes, no he escrito. Cuantas sillas. Madera, metal, bancas, tierra, silla-banco, silla-comida rápida, silla avión, silla aeropuerto, silla casa, silla nueva-casa, silla mía, de él, de ella. Pensado en ustedes. En ellos. En mi anhelo de compartir este sentir. Esta alegría que me nace en los huesos y se esparce lentamente por mi cuerpo como la leche que chorrea por la olla vieja de latón en las mañanas, cuando sueño con café. A veces por borbotones, cómo yo. Cuando siento el viento golpear mi cara. Cuando un ataque de adrenalina me encuentra a salvo después de un gran miedo. Cuando me topo de frente con el mar después de horas incesantes sobre montañas y entre pueblos extraídos de cuentos que aún no escrito y nadie ha leído. Paso pequeños diminutos puestos que venden todo tipo de productos indeseables, niños desnudos convencidos de su invisibilidad a la orilla del río, ancianos lentos como el tiempo que en este país se hizo de hule. Encuentro el mar a media duda. Entre una pregunta y otra. Entonces, lo interrumpe todo. El mar y sus baños de olvido. Entro en el agua como quien de pronto entendió un acertijo que lo tenía en el insomnio hace más de 18 años. Entonces el agua, agua verde-azul cobalto me cubre el cuerpo besándome como no lo ha hecho nadie, y las dudas, que nunca estuvieron y los miedos que no siento se escapan a bandadas entre las olas jugando con pequeños peces de colores que muerden mis piernas color canela.

El miedo de volver a la ciudad lo persigo, lo espanto, acelerando la moto en calles polvorientas que nublan mis lentes baratos y me dan un aire altivo de turista extraviada. El polvo que entra danzando por mi  nariz y garganta sustituye las ansias de un cigarro, me deja con un olor a calle que reconozco en los hombres que me llevan en sus motos, cuando me encuentro perdida o agotada caminando por algún sitio que no se parece en nada a mi vida. Un olor a motocicleta y a tráfico que solo ahuyenta al mar. Yo. Siempre vuelvo al mar. ¿O será que el vuelve a mi? Como se regresa siempre a la misma orilla.  Como si supiera que lo necesito para limpiar mi mente y satisfacer mi tiempo de hule que expando hasta el infinito con la delicia que representa estar viva. Que es ser.

Me descubro, tres minutos al día. Justo entre el dormir y tú. Extrañando la nieve. Se me futura, bajo su incesante recuerdo de vida. Cuando el frío, así como el calor o el dolor agudo de tus finos huesos de aguja que no son míos, me calan debajo de la piel, comenzando despacio y con una mentirosa promesa de nunca terminar. Entonces, despierto. Abro los ojos y pruebo a recordar cada cuadro de lo que sucede, cada fragmento de sentir y de ser que no logro expresar ni capturar en nada más que alguna triste fotografía. Un esbozo de carta. El frío-calor se convierte en la alegría que llevo guardada entre la medula y alguna otra parte sin nombre de los huesos. Por momentos se esconde. Juego a que sufro. Entonces; La carcajada. Como ellos, mis amigos de indonesia quienes ríen porque entendieron que lo  tienen todo. Siento la arena bajo mis pies y entre los pliegues de mi ropa. Entre los pliegues de mi vientre, de mis brazos y la delgada piel que une los confines de mis dedos. Se me amarra al cuerpo, abrazada, decidida a pasear conmigo todo el día y regresar a algún otro espacio-hueco-piel al día siguiente. Esta arena artista, que me pinta de pequeñas motas la piel que a ratos no reconozco como mía. Tostada y polvorienta. Húmeda, siempre goteando. A veces goteándote, goteándome. Se desliza de mi y desde mi, todo aquello que con el tiempo me ha llegado a sobrar.

 Se terminan las palabras prestadas en la hora justa. También con ellas regreso la electricidad prestada del pueblo y el internet que nunca tuve. Mañana, quizá. Besok. Pruebo a invocarlos. Entre las olas que revientan en Brawa y que ahora escucho desde mi cama, les susurro palabras que no entiendo.

 

 

martes, 2 de octubre de 2012

Kitch according to Milan Kundera / El kitch según Milan Kundera

“El ideal estético del acuerdo categórico del ser en un mundo donde la tristeza (representada por la alegoría de la mierda) es negada y todos se comportan como si no existiese, se llama kitsch”

“El kitsch elimina de su punto de vista todo lo que en la existencia humana es esencialmente inaceptable”

“El kitsch provoca dos lágrimas de emoción, una inmediatamente después de la otra. La primera lágrima dice: ¡Que hermoso, puedo observar como soy feliz y hago a otro ser feliz! La segunda dice: ¡Qué hermoso, que todos vean que somos felices!”

“Es la segunda lágrima lo que convierte el kitsch en kitsch”

“La hermandad de todos los hombres del mundo sólo podrá edificarse sobre el kitsch”

Battanbang and its beautiful French colonial style along the river

Sábado 1 de septiembre del 2012 11:03am / Día veintiséis. Phak Villa en Battanbang, Camboya. Sentadas en la terraza de nuestro pequeño hermoso lujo de dos días, sopesamos las posibilidades y las distintas rutas para llegar a Phnom Penh. Los caminos, camiones y pueblos que cruzaremos. El viaje se supedita a las posibilidades y horarios de transporte que existen. Lo habíamos experimentado ya en Laos en donde no pudimos movernos de Muang Khoua a no ser que pagáramos una panga propia o que decidiéramos esperar en el margen del río a que se juntara la gente suficiente para hacer el viaje río abajo. Tiempo indefinido. Con suerte pasaría una vez, esta semana. Este hermoso oasis en Battanbang nos ha dado las fuerzas y el descanso necesario para seguir viajando de noche, sin aire, sin agua caliente y con baños de pronto tan sucios que te hacen aguantar las ganas de mear toda la noche. También nos malacostumbra a un trato que se extrañará. Un trata que podemos pagar pero decidimos no hacerlo por demasiados días. Cada estilo de viaje con sus beneficios, sus lecciones, sus méritos. Battanbang prometía similitudes con Luang Prabang. No solamente en la pronunciación, sino en su ambiente, sus casas coloniales al lado del río y sus pequeños cafés. Al parecer, para bien y para nuestro aburrimiento, esté fue el mejor lugar para invertir en un hotel con aire y con alberga. La ciudad pareciera desierta. Habitada por pequeña gente en zapatos plásticos que camina cabizbaja por las calles y el mercado con pisos cubiertos de basura. Las mujeres camboyanas caminan en coordinados de pijamas por las calles; andan en motocicleta y venden productos. Pareciera ser que no nos enteramos de que esto era ropa camboyana o ellos no se enteraros de que los coordinados con muñequitos y de colores pasteles los usamos nosotros para dormir. Solo cuando no se duerme desnudo. Battanbang es callada, y lluviosa. Todas las calles menos la principal, son de tierra y pequeños locales tipo mercado adornan las banquetas. Todos con letreros plásticos y cuando el presupuesto da para más; luz neón. (En estas zonas de Asia, se atesora la luz neón) Hoteles gigantes salpicados por la ciudad, saltan a la vista con gigantes letras iluminadas y fachadas decoradas con columnas de espejos multi-colores. Es evidente que la belleza es algo completamente subjetiva, es evidente también que a su manera procuran crear una ciudad atractiva para el turista. El kitch se podría haber inventado para los turistas. (El kitch según Kundera, es el que me interesa) Es la gente, quienes salvan a Camboya a pasar a tercer lugar en mi lista de países de este viaje. Son las sonrisas, las risas y los innumerables “thank uuu” que recibes por las calles. Niños aparecen por las esquinas menos esperadas gritando “hellooo” “wats ur nammm” “were uu phromm?” todo en una sola larga palabra-frase. No se bien aún si esperan respuesta, pero cada vez que puedo, la doy. La gente es sencilla y honesta. La pobreza es grande y con ella la necesidad. Los choferes de tuk-tuk piden trabajo, no dinero, y cuando se les da, lo agradecen con una sonrisa. Siempre ayudando, siempre riendo. A veces no puedo creer que después del genocidio, de la masacre que han vivido, después de las condiciones que viven cada día, esta gente inunda las calles con sus risas. Pieron fue nuestro chofer por dos días en Angkor Wat. Enorme, espeluznante, imponente ciudad verde de castillos y templos. Pieron nos esperó siempre buscándonos entre la multitud sin quedarse dormido bajo el sol de 42°. Nos recogía con el motor encendido a la salida de cada templo, sonriendo, preguntando cómo había estado, qué queríamos hacer, qué más hacia falta. Con todo y el casco de la motocicleta puesto, frenaba cada vez que escuchaba el clik de mi cámara fotográfica, para que pudiera hacer una mejor toda a lo que fuera que estuviera llamando mi atención. Después de un tiempo comenzó a decir el solo lo que debía de ser una buena e interesante escena para mí. Frenaba anticipadamente avisándome que debía tomar fotos. ________________________________________________________________________________ Saturday September 1, 2012 11:03 a.m. / Day twenty-six. Phak Villa in Battanbang, Cambodia. Sitting on the terrace of our beautiful little luxury of two days, we weigh the possibilities and different routes to Phnom Penh. The roads, trucks and people that cross. The trip is subject to the transport options and times there. We had already experienced in Laos where we could not move from Muang Khoua unless we paid a panga own or decide to wait on the river bank that will meet enough people to make the trip downstream. Indefinitely. Hopefully happen once, this week. This beautiful oasis in Battanbang has given us the strength and the necessary rest to continue traveling at night, no air, no hot water and suddenly so dirty bathrooms that make you hold in a piss all night. We also malacostumbra to treatment that is missed. One is that we can pay but decided not to for too many days. Each type of trip with their benefits, their lessons, their merits. Battanbang promised similarities to Luang Prabang. Not only in pronunciation, but in its environment, its colonial houses along the river and small cafes. Apparently, for good and for our boredom, this was the best place to invest in a hotel with air and houses. The town seems deserted. Inhabited by little people plastic shoes walking in the streets and head down the market with floors covered garbage. Cambodian women pajamas coordinated walk in the streets, ride motorcycles and sell products. It seems that we did not know this was Cambodian clothing or they do not take cognizance of that coordinated with pastels dolls and we use them to sleep. Only when no sleep naked. Battanbang is quiet, and rainy. All the main streets less, are dirt and small local market type adorn the sidewalks. All with plastic signs and when the budget allows for more; neon light. (In these parts of Asia, is treasured neon light) Hotels dotted around town giant, glaring with giant illuminated letters columns and facades decorated with multi-colored mirrors. Obviously beauty is completely subjective, it is also clear that in their own way seek to create an attractive city for tourists. The kitch could have been invented for tourists. (The kitch according to Kundera, is what interests me) It's the people who saved Cambodia to move to third place on my list of countries for this trip. They are the smiles, laughter and countless "thank uuu" you get the streets. Children appear most unexpected corners shouting "hellooo" "wats ur nammm" "were phromm uu?" All in one word-long sentence. Not even if they expect good response, but whenever I can, I give it. The people are simple and honest. Poverty is great and with it the need. The tuk-tuk drivers ask for work, no money, and when given, I thank you with a smile. Always helping, always laughing. Sometimes I can not believe that after the genocide, the slaughter they have lived, after the daily living conditions, these people flooded the streets with their laughter. Pieron was our driver for two days at Angkor Wat. Huge, scary, green city imposing castles and temples. Pieron always looking for us we waited in the crowd without falling asleep in the sun of 42 °. We gathered with the engine running at the exit of each temple, smiling, asking how she was, we wanted to do, what else was needed. With all the motorcycle helmet on, whenever I heard slowed the clik of my camera, so I could make a better all to whatever it was that was calling my attention. After a while he began to say only what must be a good and interesting scene for me. Advance slowed telling me I should take photos.

martes, 28 de agosto de 2012

Elefantes y cadenas

Lunes 27 agosto 2012 11:03am / Día veintiuno. Laos Airlines. En algún lugar entre las nubes, sobrevolando Laos. Rumbo a Cambodia. No se por donde comenzar. El calor y los deseos de conocer me han tenido lejos del teclado. Las caras y los sucesos se me van acumulando como hojas de papel que poco a poco forman un libro. O quizá solo un montón de hojas. Los templos dorados y las figuras de monjes de todas las edades recorriendo la ciudad como visiones de pequeños seres ataviados de naranja. En calma, siempre en calma. Ocupados con pequeñas tareas como barrer los templos o recorrer callejuelas en busca de secretos. Secretos que nunca conoceré. Tengo las ansias de cuando pierdo algo. Hay tantas cosas que pasan que necesito escribir pero no quiero contarles. ¿En donde está la línea entre honestidad e intimidad pura? La diferencia entre translucido y transparente. Quiero hablar de mis miedos y mis ansiedades, de mi inseguridad de siempre y mi vejez aparente. Vejez prematura a ratos. Hablar de mis dudas. Del futuro que aún no existe y del pasado que me llena de recuerdos. Me pregunto que pasa por la mente de cada persona que me cruzo en el camino. Me pregunto si se pregunta que pasa por la mía. ¿En dónde cabe su felicidad y sus sueños? ¿En el mismo lugar en donde nuestra cabeza se llena de dudas y de deudas? Camino junto a sus pequeñas y sencillas casas de madera. No conocen la privacidad. La intimidad en un concepto ajeno. Occidental, como todos nosotros que caminamos por las calles con cara de asombro, con pieles menos doradas y con ropas que nos delatan a metros (a pesar de haber procurado no vestir lo más obvio). Sus casas comienzan con grandes portones abiertos de par en par, o cerrados con cristales que las delatan como grandes vitrinas de calles comerciales. Muestran iluminada el área común más importante del hogar. Familias enteras sentadas en el piso en pequeños tapetes y platos comunes al centro-Ríen, juegan cartas o hablan de temas que no entiendo. La televisión siempre al fondo. Aglutinador social. Occidental y Oriental. ¡Cómo me gustaría sentarme a escuchar sus pláticas! Sentarme camuflageada por completo, con mi piel que cada día asemeja más a la de ellos. Pero con tantas preguntas. Preguntas solo mías. Preguntas que atesoro como quien colecciona sellos postales. Con ahínco, con mucha atención y desde muy pequeña. Quien diga que la gente en Asia es floja, miente. La gente trabaja todo el día. Los mercados. Los tuk-tuks; pequeños camiones de carga tamaño Lao (o Vietnam), disfrazados de payaso. Las motos. Los restaurantes. Los masajes que se dan como se sirve un café; rápido, sin necesidad de conocimiento alguno, sin demasiado cuidado. Gran decepción para quien ha idealizado los masajes al estilo de casa, como un escape, un ritual para huir de la rutina diaria. De los nudos. Aquí, los masajes son parte de la vida diaria. Lo confirma el niño que masajea a su abuela semi-desnuda en el umbral de la puerta, y los hermanos que se soban los pies en el recibidor del restaurante en “Muang Khua” a la orilla del río. La gente trabaja tanto que duerme en donde trabaja. Los diminutos locales adaptados con sucias cocinas y pequeños baños traseros, se transforman en pasillos-cama por las noches (de pronto me imagino la cama oliendo a pescado, o el pescado crudo a orines rancios acumulados a lo largo del día y acrecentado por el calor y la humedad. Cuando puedo, voy a mi propio pequeño diminuto baño de albergue). Los cuidadores de tiendas, hoteles y restaurantes preparan sus colchones, sillas y tapetes de bambú para pasar la noche. También quien cuida mi hotel se acomoda a mis pies con la televisión muy alto mientras escribo por las noches. A veces se levanta para ir al baño y comienza a cantar en voz alta. Me da gusto. Los niños también duermen en los mercados nocturnos, junto a sus madres o abuelas. Hay tantos niños cuando caminas por la noche que pareciera que lo que se vende en el puesto no son las artesanías. Todas iguales. Mercados guatemaltecos. Chichicastenango. Señoras de la edad de mi abuela, pero que cargan 300 años más en sus rostros sonríen –Sabai Dee- queriendo venderme algo que he prometido no comprar más. Vuelvo a caer. Me pregunto si todo lo que nos preocupa en “mi mundo” es mentira. Pasamos la vida trabajando para poder viajar a lugares como estos. Pasan la vida trabajando, viviendo en sus lugares. Lo acepto. Yo he trabajado muy poco como para que se considere trabajo real. Soy parte una minoría casi inexistente. Existo por casualidad, por esfuerzo ajeno. Por mis padres y un instante decisivo que me permitió comenzar a cobrar forma y pensamientos-duda. Como yo hay más gente que viaja, que piensa en su próximo destino y no duerme en los puestos del mercado. A veces me siento cercana a esa gente blanca, que reconoce mi música y de a poco mi idioma. Mexicano no hay ninguno (mexicana primera y lejana a los ojos de tantos. Llevo una representación importante a tierras lejanas). A veces me siento más lejana de ellos (los viajeros) que de ningún otro ser. Pienso en el lugar en donde quiero comenzar a crear algo, pienso en establecerme. Un año fuera de casa, un año viajando. Europa del Oeste, del Este y Asia. Asía apenas comienza con 21 días de viaje. Me quedan más de tres meses intactos. Quiero aprender a ver las cosas como son. Quiero aprender a ver a la gente como es. Que gran batalla. Entiendo que lo más difícil es vernos a nosotros mismos. A mí. Yo, Sofía. Ser de luz y de lodo. Me veo a través de ojos de gran crítica. Gran espectadora. Ayer pase la mitad del día con los elefantes. Entre alegría y completa tristeza. Su piel es más dura que cualquier zapato de cuero. Su cabeza está cubierta por cabellos duros como alambres y sus orejas mueven una piel gruesa rosada. Las trompas largas y fuertes parecen moluscos con vida propia. Gigantes animales. Fuertes como ningún humano. Nobles. Cautivos. He escuchado que basta encadenar a un elefante de una sola de sus patas unos años mientras crece, para que cuando sea adulto, el simple hecho de tener una cadena amarrada o de escuchar el tintineo del metal le entumezca el deseo; el sueno de la huida. Veo como le “encadenan” una de sus gruesas piernas a una palma delicada. Toneladas de extrañeza, de misterio en movimiento. Torpeza y ternura arremolinada. Tranquila se mete a la sombra de la selva a masticar bamboo. Común sensación de ahogo a estas alturas. Incomprensión. Dolor. Se que puede romper sus cadenas con un mínimo esfuerzo, pero no lo intentará. Dolor por los dos elefantes que dejo en la selva mientras camino de vuelta al campamento. Dolor por todos nosotros. Por nuestras cadenas invisibles que suenan y resuenan haciendo música con todo tipo de tonos. Nuestras cadenas que ya no nos amarran a ningún lugar pero que respetamos al sentir su peso invisible sobre el tobillo. Cadenas plástico. Cadenas moneda. Cadenas de responsabilidades, de expectativas y deberes. Bastaron pocos años cuando éramos pequeños. Horas y días frente al televisor. Ideas sobre otros, ideas sobre las nosotros. Ideas de nosotros sobre nosotros. Cosas-ideas. Para sentirnos presos el resto de nuestras vidas. Ilusión. Ver hacia abajo y darnos cuenta que la cadena que suena inmensa, hace años está suelta. Un engaño que quizá nunca existió. Cadena ruidosa pero pequeña. Arrastrable. Cortarla; no lo se. Cortarla no será tan fácil. Caminemos con ella, caminemos más lejos. Degastada cadena no tendrá de donde agarrarse. La tomo con cuidado del suelo y camino con ella entre mis manos. Puedo sentir su peso. Reconozco que formará parte de mi equipaje durante éste y tantos otros largos viajes. Aligero el paso soltando otras tantas cosas. Llevar ese peso conmigo me hace más libre. Me recuerda quien soy ahora, gracias a quien he sido antes. Me muevo. Viajo. Sueño. Creo. Un día (quizá) despierto y he dejado en algún puerto todo mi equipaje. No llevo más peso conmigo. Viajo ligera.
Sábado 25 agosto 2012 10:07pm / Día veinte. Luang Prabang, Laos. Tengo tanto que narrar. Tantos gestos, tantos instantes, tantos miedos y emociones. Tengo, tengo cansancio. Tanto sueño. A Laos quiero llevarlo conmigo a México, para poder compartirlo, para que la gente vea lo que veo. Aprender de ellos y compartir lo que nos sobra. Lo que me sobra a mí. Contarles del viaje en el autobús de la muerte y del miedo real. Del miedo autentico, honesto. Del miedo del fin. De la emoción de volver a dejar ir poco a poquito. Las montañas rocosas del río de Laos y las arañas gigantes. Sobre “Houm” y sus masajes. Tui y su ingles positivista con mirada picara. Los templos idénticos e interminables. Thich que me hace falta. Las noches que terminan temprano. Las dudas entre el turismo o los bares vacíos. La gente intensa. La delgada línea entre decir lo que se cree e invadir. El riesgo de ponerse por encima de una cultura que te recibe con los brazos abiertos. Sobre las ganas de una buena noche. El desear poder ver el aguas en lugar de sentir las olas. El miedo de ver como nada es nuestro y todo se dejará ir en cualquier momento. El arroz pegajoso y la comida en hojas de plátano. Sobre quien cuida el hotel durmiendo a mis pies en un colchón en el lobby. El paseo de mañana con los elefantes y el de ayer en moto, medio feliz, medio aterrada. Los monjes naranjas que recorren las calles en la madrugada pidiendo un poco de arroz. Tengo sueño. Tengo sueño. Y estoy viva. Que delicia estar tan viva.